Es septiembre y el primer día de colegio está a la vuelta de la esquina. Seguramente, al terminar el curso pasado, muchas familias tuvieron que elegir y decidir sobre la siguiente pregunta: ¿centro ordinario o centro de educación especial? Hace muchos años que es un tema de debate.

Tras leer varios artículos y noticias, me quedo con esta frase: El problema de la inclusión no son los centros de educación especial, sino transformar las escuelas ordinarias”. Y ahí está, bajo mi punto de vista, el punto clave.

Desde hace años, la escuela inclusiva es un derecho humano recogido en la Convención Internacional de las Personas con Discapacidad de Naciones Unidas. Es decir, cualquier niño o niña con y sin discapacidad tiene el derecho de asistir a un centro educativo ordinario. Por supuesto, aquellas familias con algún hijo o hija con diversidad funcional que prefieran llevarlo a un centro de educación especial, pueden hacerlo aun poniéndoles trabas en algunas ocasiones. La realidad sobre la educación inclusiva es que existen muchas recomendaciones, pero pocas acciones acerca del cambio. Por lo tanto, la educación inclusiva sigue siendo una utopía en pleno siglo XXI.

Como técnica superior en integración social y futura educadora social, estoy a favor de la educación inclusiva, pero la de verdad. Una educación que sea de calidad y con los recursos profesionales óptimos para que, tanto el alumnado categorizado como el “normativo” como el alumnado con necesidades educativas especiales, tengan las mismas oportunidades de desarrollar su potencial académico y personal.

Si fallan los recursos hacia el colectivo de diversidad funcional, no sólo falla el rendimiento académico, sino que hay una carencia en el desarrollo integral del niño o de la niña que va arrastrar durante tiempo.

En la diversidad se encuentra la riqueza cultural y la sabiduría. Crecer rodeado de compañeros y compañeras con capacidades y limitaciones distintas a la nuestra significará ver la discapacidad desde otros ojos. Cabe recordar que los niños y niñas no tienen la capacidad de mirar con prejuicios, sino que esto se desarrolla a lo largo de los años. Por lo tanto, ahí se ve la importancia de convivir con la diversidad desde edades tempranas y educar hacia el respeto y la tolerancia.

Sin embargo, de la misma manera que estoy a favor de la educación inclusiva, también soy consciente de que es una utopía.

Se necesitan profesionales especializados en la materia, que sepan qué es lo que tienen que hacer, cómo tienen que hacerlo y, sobre todo, que tengan la capacidad de tratarlos con la atención requerida. Y no es que no haya profesores y profesoras capacitadas, sino que falta destinar los recursos necesarios. Y hasta que esto no se cumpla, siempre recomendaré llevar al niño o la niña con diversidad funcional a un centro de educación especial. Porque el bienestar del niño y de la niña va por encima de cualquier utopía y, demasiadas veces, en un ordinario es inexistente.

FELIZ VUELTA AL COLEGIO.